EL FORTIN

Los teros escoltan los pasos de quienes se atreven a llegar a la ruta, más allá del silencio, en el campo de la siesta. Hay huellas grabadas en la tierra que no tienen tiempo, que asoman la paz desde lugares que no alcanza el horizonte. El silencio del campo es mas que el silencio, ni las plantas respiran, el viento juega sigiloso pero preciso a acariciar los rastrojos de la soja. La tranquera es un límite, una especie de barrera que si uno la traspasa se entrega a la buena de Dios. Más allá, en el fondo, detrás de la casa, el Moro, la Bonita y el Gato pastan satisfechos antes del atardecer. Para ellos no hay monte a medio camino entre la ruta y el remanso, para ellos la vida es eso, pastar el horizonte sin saber que es un horizonte ni un atardecer entre alamos.

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