Santino y Valentino

Ahi están, como si nada. Van sembrando de juguetes la casa porque el caos es su religión. Impunes, inquietos toman la cama grande a la fuerza y se cobijan en la impunidad de la madrugada. A veces cuando me cansan, cierro los ojos y cuento hasta diez, los vuelvo a cerrar y así. Me enojan y me vuelven a enamorar a los minutos, ni bien disparan esas frases en las que debo reprimir la risa. Intensos pero tan llenos de la magia mas pura, son capaces de arrebatarme una sonrisa en el peor momento. O unas lagrimitas cuando creo que tengo la guardia alta. Aprenden todo con una facilidad envidiable, superan mis logros, crecen sin parar y van demostrandome que lo imposible a veces se puede torcer un poco. Los domina la torpeza, es que se llevan la casa por delante, auguro que mantengan esa energía para que hagan lo propio con este mundo mezquino al que los hemos arrojado. Se enferman y es una catástrofe, el sufrimiento hace que el torpe sea yo y no sé que hacer. Me gustan muchas cosas de esta vida, pero disfruto mucho la sensación cuando los tapo por la noche y los observo soñando en paz y felices. Ya van nueve años de aprendizaje intenso, tengo las rodillas peladas de equivocarme, el pequeño vacío de sentir que todo lo que les brindo es poco. En esta vida podré ser mil cosas distintas, pero el orgullo de ser papá es todo. No saben lo feliz que soy cada noche cuando me voy a dormir y sé que ellos tejen sus sueños a pocos pasos de los mios. 

A Santino y Valentino.

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